Lee el primer capítulo de…

capitulo-1

“Los seres humanos son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas, que a los luminosos ángeles de las historias antiguas”. Roberto Arlt

CAPÍTULO I

La película de hoy se trata de un aviador que viene llegando de la guerra y va a la casa de una mujer a darle la noticia de que su marido murió en combate. Ella se pone a llorar y entonces él la abraza para consolarla, pero el abrazo va tomando otro tono hasta que termina metiéndosela por el culo sobre el sofá. La he visto más de veinte veces y ya me la sé casi de memoria. Pero así es este trabajo, rutinario, monótono y con un montón de tiempo libre. A cada función no llegan más de quince o veinte personas, en su mayoría homosexuales o pervertidos que vienen en busca de un lugar seguro donde masturbarse o conseguir sexo casual. Mi trabajo consiste en vigilar que no pase nada “raro”, aunque quién sabe la definición de “raro” en un lugar como este, donde desfila cada tarde una muestra de lo más oscuro de la ciudad, el lado B de los edificios y las caras bonitas, del capitalismo y el desarrollo. Ah, y también soy el que debe limpiar cada noche esta pocilga, sacar la basura que dejan los clientes y quizás esta sea la peor parte de mi trabajo. Quién lo diría, yo, Pablo Tapia, ex estudiante de cine, la promesa de mi generación, perdido en este antro de mierda, paseándome con mi linterna, barriendo condones sucios, viendo una y otra vez la misma película porno, mientras a mis espaldas se dan un festín los cerdos, y escucho los balbuceos, los gemidos, la piel contra la piel, escucho la saliva y la suciedad. Pero debo sobrevivir y aquí no me va mal si consideramos la “bonificación especial”.

Claro, ustedes no tienen idea de por qué recibo la “bonificación especial” y seguramente están a kilómetros de imaginarse algo cercano a la realidad. Una pista: no hago horas extra de guardia ni de barrendero. El dueño del cine, don Marcelo, alias el Gorila, es un hijo de puta diabético que alguna vez tuvo un montón de plata que derrochaba en alcohol, buena mesa, apuestas y putas. Hasta que lo perdió todo. Todo excepto dos cosas: el cine, que de ser uno de los mejores de la capital, pasó a ser un simple cine porno de segunda categoría, y ella, Gloria, su mujer. Gloria es una ex prostituta que volvió loco al Gorila, al punto de que este terminó pidiéndole matrimonio. Fue una mujer hermosa, la he visto en fotos y puedo dar fe de aquello, pero las pastillas, los excesos y la vida conyugal por conveniencia le fueron aplastando el cuerpo y el alma día a día, poco a poco, hasta transformarla en lo que es hoy: una osamenta ninfómana con trastorno bipolar severo. El Gorila ya tiene sus años y, además de sus problemas con el azúcar, hace un buen tiempo que no se le pone dura ni con Viagra. Para mantener a Gloria contenta me paga un dinero extra, una “bonificación especial”, para que folle con ella mientras él nos mira.

Al principio era de lo más raro, metérselo a la mujer de mi jefe mientras él nos miraba… y a cambio de plata, además. Pero si conocieran a Gloria lo entenderían. Ella no acepta un NO ni un NO SÉ ni un TAL VEZ como respuesta. Lo que quiere lo tiene, y si no lo tiene… bueno, eso es algo que el Gorila nunca ha querido averiguar. Por eso me paga a mí y también a González, el viejo que vende las entradas, y a JP, el hijo de puta que pone las películas y atiende la cafetería, para que lo hagamos con su mujer. Nos repartimos los días; a mí me toca los lunes y los jueves; sé que González trabaja el sábado y JP el martes y viernes. Los miércoles y los domingos son un misterio para nosotros. Cuando alguno está inhabilitado por X motivo, debe conseguir quién le cubra el turno, claro, con devuelta de mano posterior.

Las noches en que me toca “turno doble” cerramos las puertas como siempre a las once de la noche, todos se van, excepto el Gorila, Gloria y yo. Levantamos el telón, subimos al escenario (olvidaba decir que hace muchos años este lugar fue un reputado teatro) y empezamos a hacerlo mientras mi jefe mira sentado desde las butacas. Cine porno en vivo y en directo. A veces nos pide algo, dale vuelta, muérdele aquí, muérdele allá o cosas así, pero en general se mantiene en silencio con cara de satisfacción. Lo único que me está prohibido es besarla en la boca. Eso es infidelidad, dice el Gorila y yo no le voy a discutir. Ahora, acostarme con ese hueserío famélico no es de lo más excitante que digamos, no señores, sobre todo cuando hay un simio mirando, por eso tengo una técnica que me ha dado excelentes resultados. Es fácil: cerrar los ojos e imaginar que es una mujer distinta cada noche. El último mes he hecho el amor con Sharon Tate, Marion Cotillard, Mónica Bellucci y Brigitte Bardot. ¿Nada mal para un simple cuidador de cine porno, ah?

El camino al departamento es oscuro, solitario, silencioso, solo interrumpido por uno que otro auto y por los travestis y putas que se paran en las esquinas. Por mi parte, siempre que tengo algo de plata paso por alguna shopería de la Alameda a tragarme una cerveza que me quite el sabor a Gloria y que me dé ánimos para el viaje a pie hasta el departamento. Y caminar por el centro de noche es un espectáculo digno de ver. Santiago parece otra ciudad, como si las alcantarillas se tragaran al ciudadano diurno de traje y corbata y vomitara a las putas, a los locos y a los angustiados, a los vagabundos y a los deformes. De alguna manera todo eso me resulta excitante, me estimula las ideas para escribir algún buen guión. Por eso prefiero caminar el trayecto hasta el departamento, además no es demasiado lejos y sirve para quitarme de encima el olor a cine. Olor a sexo podrido, a sexo rancio, a semen. Las butacas están todas manchadas con semen. Y si bien mi departamento no huele a rosas, al menos es un poco más soportable. ¿Qué diría mi difunta madre si viera la mierda en la que vive su retoño?

Mi cuchitril queda en las afueras del centro, cerca de Avenida Matta, en un viejo edificio de seis pisos trizado por el último terremoto. Un movimiento más y se viene abajo, eso está claro, por eso la mayoría de los arrendatarios se fue con viento fresco. Yo me quedé. No tengo dónde más ir. Y subo por las escaleras hasta el quinto piso, giro la llave en la chapa y el olor a copete y a encierro me gritan bienvenido a casa, hijo de puta. Si tuviera mascota podría culparla a ella y dormiría tranquilo, pero estoy obligado a asumir que esta mierda es mía y de nadie más. Camino en la oscuridad hasta encontrarme con la mesa, busco el candelabro y prendo las velas. Llevo más de una semana sin luz. La compañía no entiende de malos momentos. No entiende de putas ninfómanas ni de cines porno ni de pervertidos impotentes: la compañía entiende de cifras. Y las cifras y yo no nos llevamos muy bien que digamos.

Tomo el botellón y me sirvo un vaso de vino. Me lo trago y me apuro en servir el siguiente. Busco entre los papeles y encuentro el borrador del guión que estoy escribiendo. Lo acerco a la luz y lo releo. Una completa mierda. Un niño podría haberlo hecho mejor. Y siempre es lo mismo: se me viene a la cabeza la idea del año, la idea del siglo, la película que revolucionará la industria cinematográfica chilensis, tomo el papel y empiezo a vomitar las palabras, las escenas, los enfoques, picado, contrapicado, plano medio, plano americano, interior, exterior. Lo leo y me encuentro con una obra de arte, una combinación perfecta entre acción y contenido, la obra que me sacará de esta pocilga y me pondrá en la cima, en Cannes, en los Globos de oro, al lado de Woody Allen, de Paul Schrader y de Charlie Kaufman. Pero a la noche siguiente vuelve a parecerme una mierda y lo tiro a la basura y todo vuelve a empezar. El último guión que estuve trabajando se llamaba “Días extraños” y hablaba de un huevón al que le crecieron dos penes, uno al lado del otro. La historia contaba sus aventuras y desventuras adolescentes hasta que llegaba a adulto y conocía a una nenita que lo volvía loco, se iban a vivir juntos y todo estaba bien hasta que ella empezaba a mostrar su lado oscuro y un día, mientras tenían sexo, le cortaba uno de los penes de una mordida, solo por placer. Una mierda. Terminó en el tarro de la basura, al igual que todo lo que se me ocurre últimamente. Demasiadas películas porno me han ido achicharrando la creatividad. Quizás debería dedicarme a otra cosa, a recoger kiwis en Nueva Zelanda o a cosechar arroz en Vietnam. O quizás debería replantearme una vez más esta infame costumbre de seguir respirando.

Derechos reservados. © Emilio Ramón. 2016
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